Autor: Alissa Matveyeva

  • ¿En el amor y en la guerra todo se vale?

    ¿En el amor y en la guerra todo se vale?

    Hace unos días al llegar a casa y después de un buen baño y una rica cena me quedé pensando que hay frases que uno escucha toda la vida sin prestarles demasiada atención. Y hoy quiero compartirles mi reflexión acerca de la frase:

    “En el amor y en la guerra todo se vale.”

    Durante mucho tiempo fue solo eso: una frase.

    Hasta que un día dejó de serlo.

    No sé exactamente cuándo ocurrió. Tal vez fue después de una despedida. Tal vez durante un vuelo entre continentes. Tal vez mientras veía las noticias y reconocía nombres de ciudades que para otros son geografía, pero para mí son recuerdos, abrazos y personas que amo.

    Solo sé que un día esa frase dejó de sonar romántica.

    Y empezó a doler.

    Porque cuando la vida te obliga a mirar de cerca ciertas cosas, descubres que las palabras tienen un peso distinto.

    Aprendí que el amor puede ser uno de los lugares más seguros del mundo… o uno de los más solitarios.

    Aprendí que hay personas capaces de decir “te amo” mientras poco a poco apagan la luz de quien tienen enfrente.

    Y también aprendí que el amor nunca debería pedirnos renunciar a nosotros mismos para demostrar que es verdadero.

    Hubo un tiempo en el que creía que insistir era una forma de amar.

    Que comprenderlo todo era una virtud.

    Que siempre había una explicación para quien hería.

    Hasta que entendí que justificar constantemente a alguien también puede ser una forma silenciosa de abandonarse a uno mismo.

    No guardo rencor por esa etapa.

    Le tengo gratitud.

    Porque fue ahí donde aprendí a poner límites sin dejar de tener un corazón dispuesto a amar.

    Desde entonces hice una promesa que nadie escuchó, pero que cambió mi manera de vivir.

    Nunca volveré a aceptar menos de lo que soy capaz de ofrecer.

    Y no hablo de cantidades.

    Nunca he pensado que el amor pueda medirse en regalos, dinero o grandes gestos.

    Hablo de otra cosa.

    Hablo de presencia.

    De interés.

    De respeto.

    De esa clase de cariño que no necesita convencerte con discursos porque se nota en los detalles más pequeños.

    Con el tiempo descubrí que las palabras son hermosas.

    Pero también descubrí que las palabras tienen un problema.

    Pueden pronunciarse sin sentirlas.

    Pueden escribirse sin vivirlas.

    Pueden repetirse tantas veces que terminan perdiendo significado.

    Las acciones, en cambio, nunca necesitan levantar la voz.

    Simplemente están.

    Una persona puede decirte mil veces que le importas.

    Pero basta una sola acción para saber si era verdad.

    Porque las palabras solo son palabras…

    hasta que alguien decide convertirlas en su manera de vivir.

    Quizá por eso esa frase también me hace pensar en la guerra.

    Soy rusa.

    Aunque hoy México también forma parte de mi hogar, mi vida sigue llevándome constantemente a Moscú y San Petersburgo. Mi trabajo, además, me acerca con frecuencia a otra región marcada por el conflicto: Oriente Medio.

    Eso significa que cuando escucho hablar de una guerra, mi mente no piensa primero en estrategias ni en fronteras.

    Piensa en personas.

    En madres que esperan una llamada.

    En amigos que aprendieron demasiado pronto el significado de la incertidumbre.

    En familias que nunca imaginaron que un mapa pudiera cambiarles la vida.

    Tengo personas queridas a ambos lados de una guerra.

    Y eso cambia por completo la manera de mirar el mundo.

    Porque cuando el dolor tiene nombre, deja de ser una estadística.

    Porque cuando conoces las historias, resulta imposible reducirlas a un solo bando.

    Y entonces vuelvo a escuchar esa frase.

    “En el amor y en la guerra todo se vale.”

    No.

    No puedo creerlo.

    No quiero creerlo.

    Porque si todo se valiera, entonces la mentira encontraría siempre una justificación.

    La manipulación sería una muestra de amor.

    La crueldad dejaría de tener límites.

    Y la compasión sería vista como una debilidad.

    Sin embargo, cuanto más observo la vida, más convencida estoy de lo contrario.

    Creo que los principios no fueron hechos para los días fáciles.

    Fueron hechos para los momentos en los que sería mucho más sencillo renunciar a ellos.

    Ahí es donde realmente sabemos quiénes somos.

    Cuando nadie nos obliga a ser honestos.

    Cuando nadie nos exige respetar.

    Cuando podríamos responder con odio… y aun así elegimos conservar la humanidad.

    He visto demasiadas cosas para creer que el mundo es sencillo.

    Sé que las personas podemos ser contradictorias.

    Podemos amar y herir.

    Podemos construir y destruir.

    Podemos decir cosas hermosas mientras hacemos exactamente lo contrario.

    Quizá por eso cada vez admiro menos los grandes discursos.

    Y admiro mucho más a quienes viven en silencio aquello que dicen creer.

    Porque al final no somos nuestras mejores frases.

    Somos nuestras decisiones.

    Somos la manera en que tratamos a quien no puede ofrecernos nada.

    Somos aquello que hacemos cuando nadie nos observa.

    Somos la coherencia entre nuestra voz y nuestras manos.

    No puedo elegir el lugar donde nací.

    No puedo detener las guerras.

    No puedo cambiar el pasado.

    Pero sí puedo decidir qué clase de persona quiero ser mientras el mundo sigue girando.

    Quiero que mi respeto no dependa de si alguien piensa igual que yo.

    Que mi empatía no termine en una frontera.

    Que mi cariño nunca necesite controlar para sentirse seguro.

    Y que mis palabras nunca viajen más lejos que mis acciones.

    Porque después de todo lo vivido, esa es la única conclusión que permanece intacta dentro de mí.

    No son las palabras las que cambian una vida.

    Es la manera en que decidimos honrarlas.

    Y quizá, al final, eso sea lo único que realmente vale.

    No ganar una discusión.

    No tener siempre la razón.

    No salir ilesos.

    Sino conservar aquello que ninguna guerra y ningún desamor deberían arrebatarnos jamás:

    La capacidad de seguir siendo humanos.

    Por eso estoy convencida de que no, en el amor y en la guerra NO todo se vale.